Se suele decir que el mejor método para almacenar una contraseña es nuestra cabeza. De esta manera, podemos estar seguros de que no nos la van a robar si la tenemos almacenada en el ordenador, apuntada en un papel o en un gestor de contraseñas. Ahora, un grupo de científicos ha conseguido avanzar en un sistema que permite identificar contraseñas a través de ondas cerebrales.

El cerebro desprende más información de la que creemos

Y es que, aunque haya empresas como Neuralink de Elon Musk que quieran unir cerebro y máquina, la monitorización de ondas cerebrales a distancia todavía es algo que nos queda lejos. Con la tecnología actual, un grupo de científicos ha llevado a cabo un estudio para ver si es posible “hackear” las ondas cerebrales, interpretarlas y descifrar una contraseña.

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Para detectar las ondas cerebrales, actualmente se utilizan cascos que analizan el electroencefalograma (EEG) a, habiendo pocas opciones comerciales y estando los más avanzados disponibles para investigaciones científicas. Así, se convierten las señales eléctricas que desprende nuestro cerebro en comandos para manejar aplicaciones, prótesis, sillas de ruedas, videojuegos o incluso drones.
Para ver si se podía ir un paso más allá, un grupo de científicos de la Universidad de Alabama en Birmingham (UAB) intentaron descifrar esas lecturas en contraseñas legibles. A 12 personas, les pusieron tanto cascos EEG como versiones clínicas más avanzadas, y les pidieron que introdujeran series de PINs y contraseñas al azar en una casilla en un ordenador para replicar el acceso a una cuenta online.
A partir de ahí, entrenaron a un software malicioso basado en inteligencia artificial para ver cómo introducían las contraseñas los y las ondas cerebrales que se generaban a partir de ello. A partir de que los usuarios hubieron introducido 200 caracteres, el software ya podía intuir qué caracteres se estaban introduciendo basándose sólo en las ondas cerebrales.

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La precisión para adivinar contraseñas se mejoró entre 500 y 1.000 veces

Así, la probabilidad de acertar un PIN de cuatro dígitos pasó de ser 1 entre 10.000 a tan sólo 1 entre 20. La probabilidad de adivinar una contraseña de seis letras pasó de una entre 500.000 a 1 entre 500. Los investigadores afirmaron que estos resultados indican que se necesita aumentar la seguridad conforme se va avanzando en este tipo de tecnologías.

Por ejemplo, una solución que se podría aplicar es producir un ruido para distorsionar las ondas cerebrales a la hora de introducir un PIN o contraseña en el cajero o en nuestro ordenador. También se podría optar por sistemas de detección de huella dactilar o escáner de iris, los cuales no se pueden hackear con este método.
En el futuro, los científicos afirman que estos cascos y la detección de ondas cerebrales formarán parte de nuestro día a día y en nuestra forma de interactuar con la tecnología. Así, es necesario trabajar en soluciones que puedan evitar este tipo de ataques maliciosos.